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Viernes, 22 febrero 2019
María Vilas, medallista europea de natación, narra el sufrimiento del deporte de élite que la llevó a la ansiedad y la depresión

"no me di cuenta de todo lo que me venía encima hasta que exploté"

El deporte de élite no es sólo alegrías, medallas, éxito y dinero. Detrás de cada deportista hay una historia y en algunas de ellas no hay una vida tan bonita como se pinta. “Ahora que lo he superado no me cuesta hablar de ello. Ya no duele. Es más, creo que lo que me pasó puede ayudar a otras personas”, afirma la nadadora María Vilas.

 

 

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Esta deportista, bronce europeo en 1.500 libre en 2016 y compañera de entrenamiento de Mireia Belmonte, comenta que vivía una vida que parecía de ensueño pero que acabó reventando tras clasificarse para los Juegos Olímpicos de Río 2016, un momento en el que su cabeza dijo basta. “Yo creo que no me di cuenta de todo lo que me venía encima hasta que exploté. Antes de los Juegos había estado trabajando con un psicólogo, pero tampoco quería rebuscar más allá, me dejaba llevar porque estaba en un punto en el que era una máquina: entreno, compito, que salga lo que tenga que salir y ya está. Te dejas llevar, era mi rutina y los Juegos mi sueño; tiraba p'adelante”, comenta la nadadora española.

 

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Algunos deportistas de élite están sujetos a una presión que les lleva a la ansiedad y, algunos casos, a la depresión que le hace hasta que odien entrenar y competir. “Llegué a odiar la natación. Ahora me conozco más a mí misma, sé lo que necesito, cuando me siento de una forma, sé pararme tranquilamente y pensar: ‘Vale, ¿y por qué, qué es lo que necesito ahora?’. Como casi todos los deportistas, he tenido una adolescencia y un camino distinto de los demás. Hay gente que con 17 años ya se conoce más o menos bien; yo no, porque vivía en una burbuja, la del alto rendimiento, en la que haces cosas porque es una rutina, en la que te dejas llevar y empujar por la gente y todo sale solo. Ahora sé lo que quiero y necesito, sé autorreflexionar”, comenta María Vilas.

 

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María Vilas reconoce que la alta competición se convirtió en un sufrimiento diario. “El alto rendimiento tampoco tiene que ser un sacrificio, para mí era un sufrimiento porque no tenía un día de desconexión, eran las 24 horas por y para el deporte. Tienes que ser muy, muy fuerte de cabeza para poder afrontarlo. Me gusta un montón entrenar y sufrir entrenando, lo que no me gusta es sufrir fuera del entreno. No me gustaba recibir una bronca porque un sábado me apetecía salir a cenar fuera. La presión me la ponía yo, no supe cómo centrarla ni cómo llevarla dentro de mí. Entrenaba, pero mi cabeza no se entrenaba. Eso, junto a hacer las cosas pensando en los resultados y en las expectativas de los demás, fue lo que más me desgastó”, comenta la medallista europea.

 

Algunos deportistas de élite se sienten como máquinas que no pueden fallar y no disfrutan del deporte. “En mi día a día era como una máquina que ni sentía ni padecía. Lo hacía porque lo tenía que hacer, porque tenía que llegar a los Juegos, pero ya está. Me echaba a llorar y me entraba la ansiedad, me iba a la habitación a encerrarme. Otro día llegaba y era capaz de tirarme al agua, pero pasaba media hora de entreno y me tenía que salir. Fue un proceso muy duro y había días que salía de entrenar y me tenía que ir directa a la psicóloga”, comenta esta joven nadadora.

 

María Vilas sufrió tanto que llegó a odiar la piscina, una situación muy dura que ha logrado superar gracias a la ayuda psicológica.  “No quería ni ver una piscina. Ahora el ritmo me lo marco yo pero sin presión, Llevo cuatro meses y me queda muchísimo para llegar a los ritmos de antes, he bajado casi 10 kilos, me he puesto en forma. Y sé que esto es lo que me va a hacer feliz”, comenta la medallista europea.

 


Fuente: El País

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